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Blog misceláneo de Pablo Alemán (textos sujetos al derecho del autor)

viernes, 23 de septiembre de 2016

Tempestades (propuesta juevera)

Hola; me uno a la propuesta juevera de Molí de Canyer, una propuesta interesante.

Un saludo.
Pablo.

Tempestades

Caminaba solitariamente en medio de la metrópolis. No era un día especial; cuando caía el sol siempre daba un enorme paseo por una de las avenidas de la ciudad. Desde una punta a otra, con sus cascos en los oídos y con los ojos en la urbanización de entonces, sus pasos se redescubrían diariamente en este trayecto tan personal, tan íntimo, tan solo. 

Por decirlo de otra manera, un día le acompañaban sus demonios, otras, su soledad. 

No obstante, todo llegaba a su término. Al final de trayecto, arribando en un parque urbano, se sentaba y seguía disfrutando de sus sentidos.

Pero ese día era tempestad. 

La tempestad de las personas que, sin conocerse apenas, se cruzaban continuamente, sin repetir ni siquiera sus gestos. La tempestad del día inesperado de una fecha festiva sin recordar sus consecuencias. La tempestad de la soledad entre la multitud. 

Entonces tranquilizó sus sentidos. La música le acompañaba sin poderla escuchar y el aire tornaba un olor oscuro, como a hollín antiguo. 

Entonces miró al frente. 

Un tipo sentado en el banco opuesto al suyo le observaba con una sonrisa sarcástica. Por la vestimenta y por la aparente falta de higiene, se podría sospechar que se trataba de un vagabundo a quien, de repente, le recordaba un atisbo de algo o alguien pasado y le sacaba un chiste irónico al destino. 

Solo que lo miraba a él. 

Hasta que giró la cabeza hacia el cielo. 

Allá arriba, los intensos nubarrones descargaron una profunda carga de lluvia sobre el asfalto sin cesar. Se podría decir que hasta las gotas de agua hacían bajarle a uno la cabeza como si fuese un castigo divino. 

Y, al poco de caer los primeros goterones, el gentío comenzó a disgregarse, metiéndose en los locales de la zona o, simplemente, dando por perdido el tránsito automático del día. 

Todos menos dos. 

El supuesto vagabundo bajó la cabeza y, con la misma sonrisa, siguió mirando cómo el otro disfrutaba del agua que discurría caprichosamente en todo su rostro. 

(Pablo Alemán, 2016)


jueves, 22 de septiembre de 2016

Luz fija



Luz fija

Nocturno tránsito
con el único sabor
de una luz fija.





Blanca luz

Entre otras luces,
se tamizan los bloques
con blanca luz.




Madera, silueta y luna

Son otros bloques,
pero hechos de madera,
silueta y luna.




Autor de los textos y de las imágenes: Pablo Alemán, 2016. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Uno de esos sueños (propuesta juevera)

Hola; me sumo a la propuesta de los jueves que en esta ocasión ha lanzado Maribel. Está basado en dos sueños que tuve hace muuuuucho tiempo. 

A ver qué tal sale... 

Un saludo. 
Pablo. 

Uno de esos sueños

Me acuerdo de aquel sueño en que paseábamos en un parque de Las Palmas como si hubiera sido algo normal. Caminábamos como si fuese algo contidiano disfrutar de tu estancia física. Y en ese parque de Las Palmas, aquel parque que en verdad nunca paseaste conmigo, nos encontrábamos con todos nuestros conocidos, o quizás aquellas sombras que el caprichoso juego de nuestro subconsciente se jactaba de mostrarnos. Y, sin embargo, nos daba igual: Terminábamos de recorrerlo y nos íbamos hacia otro lugar desconocido. 

Hasta llegar la mañama. 

Y terminar el sueño.

Y créeme que fue así, que llegamos a caminar juntos (sí, juntos), aunque ahora seas una más de aquellos conocidos que se encuentran dentro de este parque, de este sueño que acabará mañana de seguro cuando salga en solitario del lugar. 


Pablo Alemán, 2016.  


lunes, 5 de septiembre de 2016

Fruto

Mares

Mares de esfuerzo
cuajados con los hombros
de los abuelos.


Racimo al aire


Racimo al aire
en conjunción perfecta
con la inocencia.



Blanco y negro
 
En los retales
de blanco y negro, aún
palpita el verde.



Autor de los textos: Pablo Alemán, 2016. 
Imágenes sacadas de Google. 


Estrellas boca abajo



La noche traza
estrellas boca abajo
por humildad.


miércoles, 31 de agosto de 2016

Regazo de las olas azules (propuesta juevera)

Hola; me sumo a la propuesta juevera de esta semana, llevada a cabo por Alfredo. Aquí podrán ver los demás textos.

Un saludo.
Pablo.


Regazo de las olas azules

No todo es arena en el lugar donde estuve hace poco. Allí, bajo el sol abrasador de todos los días, visité el museo sobre un escritor famoso que se hospedó en esa casa hace mucho tiempo, no por gusto, sino por obligación. De su experiencia, y siendo un sobresaliente novelista, salieron sus versos más bellos. 

Antes de entrar, y muy cerca de ese museo, un pintor anónimo (para mí) quiso decorar la fachada de unas de las casas del lugar, usando una imagen que representase la unión entre la tradición más enraizada y la cultura de más alto nivel. De esta manera, se creaba un nexo inquebrantable y una seña de identidad. 



Al observar este fresco, y leyendo esta especie de prólogo, me quedé con una parte del mensaje que me ondeó la mente en todo momento.  

"Regazo de las olas azules". 

Y así nos adentramos mi pareja y yo en el museo. No era expectacular como otros en los que he estado. Tampoco lo pretendía. Allí se mostraba solamente lo que había cuando aquel intelectual pisó ese lugar. 

Sin embargo, en cada pared rezaba un poema suyo. Era un regazo, un regazo que transportaba cada elemento a nuestro interior. No importaba la aparente pobreza espacial de aquel lugar de época. Cada verso lo hacía infinito.

Finalmente, cuando salí, miré el paisaje urbano, el de su capital, y me quedé imaginando cómo debía de ser aquel sitio de principios del siglo XX. Sí, así debería haber estado cuando lo observaba todo. 

Y también observé como mi pareja también lo contemplaba al igual que yo. 

No todo era arena, no. 

También el mar, en toda su observación, le regalaba la memoria de su procedencia así, con regazos azules, azules como los versos que terminó escribiendo. 

Regazos azules tras la arena amarilla. 

Todo el que ha estado allí lo ha comprendido.



Pablo Alemán, 2016. 

lunes, 29 de agosto de 2016

Luz gris

Una vez, estando en clase de dibujo, el profesor nos enseñó un pequeño aparato en forma de catalejo por el que se veía el inmenso abanico de colores que podría proporcionar una luz blanca. 

Más allá del efecto físico, descubrí que somos una amalgama de colores que simbolizan una multitud de sentimientos que especifican a cada individuo. 

De esta manera, si observabas a una persona con cierta edad a través del artefacto, podrías discernir tantos colores y matices que ni con un diccionario hubiéramos podido nombrarlos. Por el contrario, un niño, aparte de poseer los primarios, contaba con un número limitado con los que uno, en sus recuerdos, podría identificarse.

En mi impulsiva curiosidad, decidí coger prestado el catalejo para ver el mundo esa misma tarde. Y, al hacerlo, ocurrió lo que uno se esperaba: las luces blancas de las farolas se difuminaban hacia todas direcciones y las personas irradiaban multitudes de colores diferentes unas de las otras, conformando todo un mundo maravilloso. 

Así estuve un buen rato hasta que llegué a un parque. Mientras analizaba la luz de los árboles, coincidí con un conocido que pasaba por allí. De carácter previamente retraído, quejoso y callado, sus modales permitían que estuviésemos un rato hablando sobre cosas mundanas sin entrar en ambages filosóficos. 

Al marcharme, seguí con mi catalejo mirando todo aquello que me rodeaba. Al apuntar hacia el tipo, pasó algo inaudito. En vez de proyectar diferentes luces de colores, como era de esperar, lo único que sacaba de él era un haz gris blanquecido, casi lechoso.

Agité el catalejo y lo miré por si se habían movido las lentes de su interior y volví a mirar. Ocurría exactamente lo mismo. 

Sin comprender lo que sucedía, guardé el artefacto en mi mochila para devolverlo al día siguiente. 

Al hacerlo y tras recibir una reprimenda por parte del docente, le comenté que el aparato estaba roto o que era defectuoso por lo que había pasado. Éste, mientras lo guardaba con llave en uno de los roperos de la clase, comentó: 

"Este prisma es tan básico que funciona perfectamente. A lo mejor no era una luz blanca a lo que estabas apuntando". 

Pablo Alemán, 2016.



viernes, 26 de agosto de 2016

La pared (propuesta juevera)

Hola; me sumo a la propuesta juevera de El Demiurgo de Hurlingham con este tema: 

"En una vieja casona se escucha un golpeteo en la pared, en donde antes había una habitación, ahora tapada con ladrillos."

Ahí va. 

Saludos. 
Pablo. 

La pared

El primer relato que leí de Edgardo Poe fue El gato negro, ese cuento en el que un mal marido emparedó a su mujer y a su mascota felina, desbocado por la perversión, con tal de ocultar, no sólo su crimen, sino sus instintos más ocultos. 

Y es que, en esa lectura, comprendí que todo ser humano tiene luces y sombras que, sin saberlas controlar, derivan en una duplicidad monstruosa y deforme de sus dos caras. 

Lo que no aprendí fue que, más allá del ser humano y del resto de los seres vivos, esta duplicidad se extiende hacia las cosas. 

Mejor dicho. No lo aprendí a tiempo. 

Porque años más tarde, cuando me hice vida con mujer e hijos, coincidió el hecho de que mi casa se encontraba cerca de otra abandonada, en verdadero estado ruinoso, con su fachada y sus grietas gritando a cielo abierto que la callasen o que, por el contrario, la derribasen por completo. 

La curiosidad emparedó al gato de Poe y yo, por saber un poco más de la historia de esa casa, entré en ella una tarde cualquiera.

Sin ser una mansión, la casa demostró sin pudor los escombros del suelo, las paredes cascarillada y las mismas grietas de su exterior. Allí había vida. Los ratones iban y venían y me pareció ver que los lagartillos se refugiaban también de los pequeños depredadores del lugar. 

En el momento de irme, justo en la planta baja de esta ruinosa casa terrera de dos pisos, observé una pared que se encontraba a mi derecha. No me cuadraba su estructura: perfectamente blanca, sin fracturas que decir y sin ninguna huella que mostrar. 

Me acerqué a ella poco a poco, esquivando las piedras, y, al llegar, la observé mejor. Parecía que su pintura era fresca, como si la hubieran reformado ayer mismo. No se acercaba ninguna huella de polvo y su linealidad era perfecta. 

No obstante, su blanco era lorquiano, así que alcé la mano y palpé la superficie. Era fría, como otra cualquiera. Tampoco había ningún sonido. 

Era, por así decirlo, diáfana. 

Me dispuse a irme y entonces se oyó un golpe detrás de mí.

La pared se había resquebrajado con una grieta mortal que se parecía a un rayo destructor. De la misma manera, algunas zonas había escupido pintura de un blanco gris muy distinto al que contemplé antes. 

Y en el centro de todo la huella de mi mano. 

No cabía duda de que había corrompido lo que quedaba de vida en esa casa, como lo hizo una vez un gato negro de un escritor norteamericano. 


Pablo Alemán, 2016.